A todos nos ha pasado alguna vez: No es que nos falte el dinero siempre, ni que seamos desorganizados; simplemente, hay momentos en los que la vida se "atora" sin previo aviso.
A mí me pasó.
Todo parecía bajo control
Tenía 26 años y llevaba tres viviendo con mi pareja. Ambos teníamos trabajo, ingresos fijos y una vida que, sin ser de lujos, era bastante estable. La renta, la luz y el internet estaban bajo control; vivíamos tranquilos.
Para ser honesto, nunca pensé que palabras como "falta de liquidez" o "apuro económico" tendrían algo que ver conmigo. Creía que mi estabilidad era a prueba de todo.
Los imprevistos llegaron y todo se salió de control
En México, a veces la vida te cambia en un abrir y cerrar de ojos.
Por una reestructuración en el trabajo, mis ingresos se pausaron de repente. Los planes que tenía se desmoronaron. El recuerdo más vívido que tengo es estar parado en la cocina, mirando la alacena vacía.
-
Ya se había acabado el arroz.
-
No quedaba ni una gota de aceite.
-
No había ni un sobre de sopa ni una bolsa de frijoles.
El refrigerador solo hacía ruido, pero estaba vacío. Lo que más me angustiaba era que en pocos días vencían pagos por $7,000 pesos, y los recordatorios de la luz y el internet no dejaban de llegar al celular. Sabía que si dejaba pasar esos recibos, las reconexiones y los recargos harían la bola de nieve mucho más grande.
Mi familia estaba ahí, pero no pude decir nada
Mi familia no es fría, al contrario. Siempre me decían: "Cualquier cosa, nos echas una llamada".
Pero cuando tuve el teléfono en la mano, no pude. Marqué y colgué antes de que sonara. No era porque no quisieran ayudarme, sino por esto:
-
No quería preocuparlos: Mis papás ya son mayores y no quería que pensaran que me estaba yendo mal.
-
No quería dar explicaciones: Explicar por qué no tenía ahorros en ese momento me hacía sentir agotado.
-
No quería sentirme un "fracasado": Después de tanto tiempo esforzándome por ser independiente, quería mantener mi dignidad intacta.
Es una sensación compleja: por un lado, la presión del dinero; por el otro, el peso de la vergüenza.
Una pausa para pensar con la cabeza fría
Una noche me senté a analizar mis finanzas en serio. Me di cuenta de que mi problema no era "pobreza", sino un problema de flujo de efectivo temporal. Mi capacidad económica no había cambiado, solo era un mal momento. Tenía la capacidad de pagar, pero el dinero y las facturas simplemente no coincidían en el tiempo. Entendí que este tipo de problemas, si se manejan con inteligencia, tienen una solución temporal.
Mi primer acercamiento a los préstamos personales
Antes de eso, yo tenía prejuicios contra la palabra "préstamo". Pensaba que eran deudas impagables o estafas. Pero cuando investigué a fondo, descubrí que un micropréstamo responsable y transparente es, en realidad, una herramienta financiera.
Busqué algo que tuviera:
-
Montos justos: Solo lo necesario para cubrir mis recibos, sin sobreendeudarme.
-
Transparencia total: Saber desde el inicio cuánto iba a pagar y cuándo.
-
Rapidez y flexibilidad: Sin trámites eternos ni filas en el banco.
Elegí una opción que me permitió cubrir mis urgencias. Sin pedirle a mi familia y sin dejar que mis deudas crecieran. Cuando el dinero llegó a mi cuenta, no sentí alegría, sentí paz. Pagué la luz, el internet y llené el carrito del súper. La vida volvió a fluir. Unas semanas después, en cuanto recibí mis ingresos, pagué el préstamo según lo planeado. No hubo estrés extra, solo una solución eficiente.
Una decisión adulta y racional
Hoy no veo esa etapa como un fracaso. Al contrario, me enseñó a ser más pragmático con el dinero:
-
A veces, los problemas no son de capacidad, sino de tiempo.
-
Pedir a la familia es una opción, pero usar herramientas financieras es una decisión profesional.
-
Lo importante no es "pedir prestado", sino saber cómo, cuánto y cuándo vas a pagar.
Un mensaje para ti
Si tú estás pasando por algo parecido:
-
La quincena todavía no llega, pero la renta vence hoy.
-
Un gasto médico inesperado te sacó de balance.
-
No quieres molestar a los tuyos y quieres resolverlo por tu cuenta.
Un préstamo a corto plazo puede ser ese puente que necesitas para cruzar este bache sin que la presión te detenga.
Recuerda siempre:
-
Ten clara tu fuente de pago.
-
No pidas más de lo que puedes cubrir.
-
Úsalo como una herramienta, no como una rutina.
A veces la vida se atora, pero no tienes por qué cargar con todo tú solo.